Publicado en 1605, la primera parte ganó popularidad suficiente para inspirar la traducción al inglés por Thomas Shelton, probablemente por 1612, y al francés por César Oudin por 1614, así como una continuación espuria de 1614 por el seudónimo Alonso Fernánz de Avellaneda. Ya después de haber comenzado la segunda parte (publicada en 1615), Cervantes reaccionó contra la secuela de Avellaneda al cambiar la ruta de sus personajes y tomar golpes enojados al impostor. No obstante, la identidad genérica e incluso la intención detrás de su amado trabajo habían molestado al autor desde el principio. En el prólogo de la primera parte, un amigo no identificado aconseja a Cervantes, que lucha con el bloqueo del escritor, que su objetivo es «demolir el aparato mal fundado de estos libros caballerescos, despreciados por muchos y alabado por tantos más, y si logra esto, usted, usted, usted, usted, usted, usted. habrá logrado mucho «. Además, leer a Don Quijote era «mover la melancolía a la risa, aumentar la alegría de los alegres, no irritar lo simple, llenar al inteligente con admiración por su invención, no dar la razón seria para despreciarlo y permitir que el prudente alabarlo «.[^2]